Todo está cambiando…
Hubo un tiempo para los ancianos, para sabios y filósofos. Hubo un tiempo para predicadores, para guerras, para cada corriente, para batallas a espada, para poemas, para historias y… también para cuentos.
Hubo un tiempo para nobles y casas, para justas, para amores sin miedo, para escultura, pintura y arte. Un tiempo de inventos en la sombra, para bien o para mal. Un tiempo para el fuego y también para la rueda, para mecheros y deportivos, para la alquimia y los gremios, para mecenas y musas.
Pero al igual que los conceptos, que los materiales de nuestras casas, de los libros, de la comida, de nuestras herramientas o armas, todo sigue cambiando…
Lo cierto es que también hubo un tiempo para juglares y trovadores, para castillos y nobles, para reyes y reinas. Y como tal, hubo un lugar para la Magia, para los seres del bosque, para las criaturas más exóticas que han pisado la tierra, para aventureros sin miedo, para los tesoros y los Sueños, para los espíritus, para los mejores héroes y sobretodo… para los magos.
Son muchas las personalidades que han pasado por el grueso libro que es la Magia, desde magos grises hasta blancos, túnicas negras, hechiceros con o sin varita, humanos que pactan con el más allá, brujos maestros de la nigromancia y un sin fin de personalidades particulares que sería imposible enumerar en esta historia. Sin embargo… de entre todas esas aventuras que forman el libro, hay una que destaca, no por ser la mejor ni la más buena, ni mucho menos la primera o la última, sino por su legado, pues como los filósofos de otros tiempos, ofrecía una respuesta a la duda que ha dividido todas las corrientes, que ha separado el Blanco del Negro. Y no es ni más ni menos que una respuesta hacia el origen, pues querido lector podría usted decirme: ¿De dónde viene la Magia?
Es tiempo de ciegos, de escepticismo hacia todo, de no-pensar, un espacio muerto que es un río que corre rápido y frenético. Una corriente sin Tiempo, sin Vida, sin causa aparente más allá de la mera existencia. Lo malo del paso de este tiempo es que lo escrito también desaparece, pues ahora se quema y arde, se destruye o se transforma.
En un tiempo donde muy pocos pueden ver, y de entre los pocos que consiguen hacerlo aun menos se niegan a creer, las respuestas pueden ser como las opiniones de poco valor que se escuchan una vez y acaban allí donde los trastos, donde las cáscaras de plátano, las sobras y el resto de desechos.
Pero para mi que observo y conozco, es una necesidad la de pararme a escribir con pintura eterna en esta piedra lisa y pulida, en esta alta Torre que quizá nunca sea visitada, que quizá caiga en el olvido o quizá se derrumbe por la mano del hombre para que construyan en ella un hotel o una carretera. Querido lector, para ti es la historia de el Hada ~iuquC….
Hay un lugar donde los acordes se cuelan por todos los rincones habitables, desde las manos de los árboles, la piel de las hojas, el pecho de la tierra rodeada de pelo verde hasta la alta cabeza de la naturaleza que es de pino fuerte, antiguo y duro. Un lugar donde siempre hay una armónica melodía que se mezcla con el trotar de los felinos, con los suaves mordiscos de las ardillas, la caricia del reptar de las serpientes y el cantar de los pájaros. Un espacio tan grande que cuando llueve en el interior, el sol aun pega en los extremos.
Como no podía ser menos, son dos las cascadas que dan vida a esa tierra, convergiendo en un lago limpio y cristalino, que con la mirada de la luna cobra un brillo morado que es el Color que llena de vida la exótica flora, dando a su vez cobijo a la diversa y fantástica fauna.
Cerca del lago había una pequeña choza de madera joven, de palos cortados en perfectas formas circulares como lanzas, atados con lianas de colores, como de colores era el humo que salía cada dos días desde la chimenea de aquella choza.
Todas las criaturas desde las aves hasta los reptiles, desde mamíferos hasta los más letales insectos conocían el cariño de la Chica que vivía en aquella cabaña, pues su vida era para ellos, así como la miel es para las abejas. Allí estaba su gente, con la que se comunicaba en el idioma de la naturaleza, con quien compartía sus inquietudes y les hablaba de los sueños. A veces, acudían también a su cabaña otros seres exóticos, pues su edad fue la de los Dragones y ella pudo surcar el aire atada a sus fuertes escamas, pudo limpiar sus afilados dientes, y acariciar sus colosales alas. Ella era lo que podríamos denominar como una Cuidadora de los Bosques, un espíritu vivo dedicado por entero a los demás.
Un buen día, no sabemos muy bien cómo, un Chico llegó hasta esa misma tierra, salvaje y aventurero iba en la búsqueda del dragón más grande que se pudiera domar. Y de hecho lo encontró, pero esa es otra historia que debería ser contada en otra ocasión.
En la nuestra tenemos que hablar de Enfermedad, y del encuentro por la gracia del destino que los llevó a conocerse. A diferencia de los tiempos que corren donde todos estamos enfermos, en aquella edad solo existía una variable de esta Esencia Negra, un único hechizo de su arte que marcaba la diferencia entre estar o no estar. Entre el ser y el no ser. Recibía el adjetivo de Etéreo, y lanzaba a aquel que sufría esa maldición a un estado de incomunicación total con el mundo, le ofrecía una duración incalculable de su vida y a la vez, un dolor inevitable, constante, un martilleo sin precedentes. Pero aun hay más, pues aquel que sufriera de etereidad sería esclavo de una vida de total incomunicación, perdería el habla, la escucha, el olfato y el tacto, pues todo aquello que intentase alcanzar sería traspasado por su piel. Solo le quedarían los ojos, que dejarían de ver el mundo como es y se lo mostrarían en un gris frío, como el hielo.
Un buen día se conocieron en el lago, en el mismo que había cerca de la cabaña, y el mismo que daba vida a la tierra. Ella cuidaba del dragón más grande que jamás ha pisado la tierra y él, sonriente, le dijo que le conocía, que gracias a él había alcanzado las estrellas, y que ahora, tras ese encuentro, podía estar seguro de haber visto todo aquello que merecía la pena ver en una vida.
Nadie sabe cuantas aventuras vivieron juntos, pero lo que si sabemos todos aquellos que conocemos la historia es que pronto la vida del Chico cambió. Enfermedad llegó con sus caricias hasta su sueño, y al despertar había dejado de ser algo físico, era parte de un punto medio entre la vida y la muerte. Un estado que podría durar cientos o miles de años, un dolor indescriptible desde el primer segundo.
Y entonces la Chica se sorprendió, porque para ella él también era parte de su gente, como el resto de criaturas que tantas veces curó, como todos los otros que había atendido y ayudado. Y ella, que era el Cariño personificado se decidió a arriesgarse por él, a intentar curarlo aunque ello supusiera la muerte.
Pues como sabe todo el mundo, solo hay una cura posible para un ser etéreo y esta es, el llanto y el abrazo de otro ser etéreo. Por aquel entonces no había hadas, ni duendes, ni otras criaturas de las que llegaron después para enseñar a las sucesivas generaciones a alcanzar ese estado por voluntad propia. Sin embargo, ella tenía una habilidad importante: La de crear y usar el Color.
Como en otras tantas ocasiones, como cada dos días cuando rellenaba sus botes de pintura, se sumió en un ritual lleno de aromas místicos, una danza acompañada de una armonía caótica proporcionada por los acordes de la cascada cerca del lugar. Y junto con sus pasos usó las mejores piezas orgánicas que le cedieron gustosamente aquellos seres que una vez cuidó; así, con colmillos troceados pues una vez fueron tan grandes como árboles, con la piel de la más mortífera serpiente y el ojo del lobo más agudo, preparó el color definitivo, el etéreo. Para después bañarse con él, como tantas otras veces había bañado con otros colores a su gente, desde el naranja al amarillo, desde el azul al marrón, del verde al granate.
Cuando se encontraron se abrazaron con un cariño Eterno y lloraron en sus hombros para poder volver, y así lo hicieron. Vivieron felices durante un tiempo hasta que otro buen día, Enfermedad astuta y envidiosa, tras enterarse de esa interrupción en sus dominios, entró en cólera y se presentó en aquel lago, donde cantaban a las estrellas, donde reían y contaban aventuras.
El duelo no duró mucho, pues ninguno de ellos podía compararse al poder de aquel ente malvado y oscuro. Aquel día, Enfermedad rompió su único conjuro, el más poderoso que tuvo jamás, para crear nuevos y pequeños hechizos que atormentarían en la posteridad. Y con cientos de ellos, maldijo a la chica atrapándola en un espejo arcano.
Por Suerte, o quizá por su Fuerza de Voluntad, consiguió transmitir su legado al Chico con el que vivió sus últimos momentos, y son ahora esas palabras las que dan respuesta al origen.
El resto de la historia es leyenda, sin embargo hay quien aun cree que ambos, Chico y Chica, siguen entre nosotros, que ella vive saltando de espejo en espejo, cambiando de lugar pero manteniendo su espíritu, ayudando sin pedir nada a cambio, dejando detalles sólo por ganarse una sonrisa que observa desde el otro lado, sigilosa como una sombra.
Lo cierto es que con el paso del tiempo se la considera en muchos círculos como la primera de las Hadas, por conseguir con su habilidad, con su Color, alcanzar lo que más tarde sería parte de la esencia natural y benigna de otros seres.
Sobre el Chico las leyendas son aun más difusas, hay quien cree que aprendió Magia, otros dicen que consiguió la inmortalidad, otros sin embargo apuestan porque un hechizo le salió por la culata y lo transformó en una túnica, mientras que otros más atrevidos dicen que ahora él es el último de los dragones y el único capaz de usar el fuego negro. Puestos a decir, hay quien dice que es todas esas cosas a la vez, pero ya se sabe lo que pasa con las Leyendas…
Las últimas palabras de la Chica siempre quedarán grabadas en esta Torre desde la que escribo, en uno de mis últimos alientos pues aunque de una forma más leve, yo también soy preso de las caricias de Enfermedad.
La Magia nace de los Pequeños Detalles.
Cada Detalle tiene un Color.